domingo 13 de septiembre de 2009

Para toda la vida





Ocho palabras conforman a una actividad que me llena de júbilo desde que tengo memoria y su nombre es natación. De hecho en mis primeros años de vida, otra palabra de 7 letras llamada deporte era prohibida para mi cuerpo ya que el soplo al corazón con el que vino incluido el “Pack Fabrizio” lo impedía.

Aun así mi abuelo, que tiene para mí la altura de un nevado con su metro 68, tuvo la siempre entera disposición de sustituir la tristeza que mi yo infante podría sentir por no poder hacer mucha actividad física.

Desde mis 3 años aproximadamente me llevaba a la playa para chapotear y comer el pollito con papas del mercado, siempre con los cuidados del caso. Pero fue en octubre del 1999 cuando empezó mi infinita afición por la natación.

Salimos del Rebagliati donde el doctor determinó que mi soplo al corazón se había cerrado definitivamente y a las 2pm nos dirigimos a la piscina del Campo de Marte para dar mi primer chapoteo en ella. En un paseo previo nos enteramos que había entrada libre, pero el único problema fue que no había piso y tampoco sabía nadar.

Al ubicarme al filo de la pileta tenía muchas ideas en la cabeza, entre ellas un más que probable ahogamiento, pero él me dijo que mejor usara las escaleras y así lo hice.

Luego de unas horas decidí soltarme del borde y comencé a flotar con el movimiento de pies que teóricamente mi abuelo me había explicado. La osadía de aquella vez animó a meterme a un curso de natación por mi casa y en años posteriores a participar en torneos amateur de la ciudad.

Esta actividad me durará toda la vida en cada tiempo libre que tenga, pero lo importante de la historia es sobre cómo ese señor de actualmente 73 años, impulsó la curación de aquél niño.

Fue sin duda un gran momento en mi vida, pero sobre todo, marcó el certificado de lealtad y amor eterno de mi estimado abuelo.

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